tiempo estimado de lectura : 3
12 Dec
12Dec

El primer día que Nabil entró a la mercería del barrio, tenía cuatro años y los ojos como faroles.

No hablaba mucho, pero señalaba todo con una especie de respeto sagrado.


Botones.

De todos los colores.

De todas las formas.

De todas las épocas.


—¿Qué busca, pequeño? —preguntó Elvira, la dueña, una mujer de 63 años que llevaba media vida allí.

Nabil no respondió. Solo señaló una caja de botones antiguos.

—¿Ese?

Asintió.

—¿Y para qué los quieres?

Abrió su pequeña mochila y sacó un osito de peluche. Tenía el ojo caído.

Elvira sonrió.

—Ah… entiendo. Un cirujano de ositos.


Desde ese día, Nabil fue cliente fijo.

Cada sábado entraba, elegía un botón distinto y se lo llevaba con la precisión de un joyero.

Pero nunca hablaba.

Pasaron los meses, y Elvira comenzó a esperar su llegada como quien espera una postal en un mundo sin correo.



Una tarde, mientras él elegía entre botones de madera o nácar, entró un hombre al local.

Era Fabio, antiguo amigo de Elvira. Llevaban años sin hablarse por una discusión tonta sobre una herencia.

Nabil, ajeno a la tensión, se acercó a Fabio, lo miró un instante… y le tocó la chaqueta.

Luego buscó entre los cajones.

Sacó un botón dorado, viejo, algo rayado, y se lo ofreció.

—Para usted.

Fabio, desconcertado, preguntó:

—¿Por qué?

Y entonces, por primera vez en semanas, Nabil habló:

—Su corazón… está descosido.

Elvira se rió nerviosa.

Fabio bajó la cabeza.

—Puede ser… —susurró.

Se quedaron los tres en silencio.

Fabio se fue, pero volvió al día siguiente con una caja en la mano.

—Botones de mi madre. Eran suyos. Quiero donarlos al museo de Nabil.

Elvira sonrió.


Desde entonces, la mercería se convirtió en un santuario improvisado.

Una especie de “hospital de botones rotos”.

La gente venía con camisas, peluches, bolsos…

Y Nabil los “curaba”.


—Este botón es para cuando se te va alguien —decía.


—Este sirve cuando no encuentras tu lugar.


—Y este… para los que se sienten invisibles.


Era como si pudiera ver costuras invisibles en las personas.

Y supiera cuál botón les faltaba.


Hoy, Nabil tiene nueve años.

Tiene su propio rincón en la mercería.

Un cartel pintado a mano: “Taller de Reparaciones del Alma (solo con botones)”.

Y aunque no cobra nada, la gente deja dibujos, cartas y promesas.


Porque hay niños…

que no arreglan ropa.

Arreglan a las personas.

Una puntada a la vez.


Compartido por Ankor Inclan


Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.
ESTE SITIO FUE CONSTRUIDO USANDO